Escritura y diáspora afrocolombiana: militancia letrada de la raza

Escritura y diáspora afrocolombiana: militancia letrada de la raza

 Jose Antonio Caicedo Ortiz, Universidad del Cauca, Investigador Centro Memorias Étnicas.

 Resumen

En Colombia, se puede constatar la presencia de escritores negros desde finales del siglo XIX, quienes en pleno auge del proyecto republicano sentaron voces de denuncia contra los flagelos del racismo heredado de la esclavización. No obstante, fue en la primera mitad del siglo XX cuando surgió una generación de novelistas, ensayistas y poetas protagonistas de un capítulo memorable de la narrativa nacional, todavía invisibilizada. Me interesa en este artículo destacar las voces letradas de sujetos que tomaron la escritura para denunciar los problemas del racismo a través de su autoafirmación racial, constituyéndose en la primera generación letrada afrocolombiana que dignificó el pasado y presente de la gente negra en la nación. Este campo de producción de escritores negros lo denomino la militancia letrada de la raza, la cual representa un lugar de producción epistémica de la intelectualidad negra en Colombia.

 

Subjetividad y escritura afrocolombiana

En la historia de Colombia, la presencia de escritores “negros” que tuvieron alguna trascendencia en la vida política y pública puede ser constatada en archivos escritos u orales, a pesar de que no siempre han sido reconocidos. Desde los inicios de la república, una minoría de ilustrados con raíces de los antiguos esclavizados logró incursionar en esferas de poder, sin que necesariamente enarbolaran una defensa abierta y sistemática de su condición racial y de su historia. Fue en la primera mitad del siglo XIX, en un contexto marcado por el centralismo político conservador y el culto republicano a la hispanidad, que algunos mulatos lograron insertarse como parlamentarios, constituyéndose en una expresión de la “ilustración negra” temprana para la época.

Figuras como Juan José Nieto, considerado el primer presidente “negro” en el marco del régimen federal; al igual que Manuel Ezequiel Corrales o Manuel Pájaro Herrera, se convirtieron, no solo en destacados políticos en la región del Caribe colombiano, sino en hombres de letras e “historiadores de la república”, con la característica de no ser blancos y aprovechar su condición de iluminados por la educación (Flórez 2009), para ascender socialmente en un tiempo donde el privilegio de raza estaba vivo en la mentalidad colonial de ciudades como Cartagena, principal puerto esclavista de la Nueva Granada.

Sin embargo, el hito del escritor “negro”, tiene sus antecedentes a finales del siglo XIX cuando el poeta momposino Candelario Obeso (1849-1884), destelló en el ambiente político y literario, como una de las  primeras voces públicas con cierto tono de condena al racismo, debido a sus experiencias de discriminación padecidas en los círculos intelectuales de la época. Obeso puede ser considerado como la expresión pionera del escritor negro, donde se funden la identidad racial con la escritura; reflejando un halo embrionario de denuncia, que sin abandonar el sentido estético de su poética, refleja la difícil situación que  experimentó un negro que se atrevió a escribir poesía con los códigos lingüísticos y culturales de los bogas[1] de la región momposina, en una época de reverencia a la hispanidad. “Ya pasó er tiempo re loj eclavos; somo hoy tan libre como lo branco”, escribía en su famoso libro “Cantos Populares de mi Tierra”, publicado en 1877, considerado el primer poemario donde se afirma la propia voz de un poeta negro.

Obeso inaugura la escritura de la afirmación racial en Colombia, pues su figura en sí, representa la imagen de un boga letrado, quien forjó una destacada trayectoria literaria e intelectual en la opacidad del tiempo postabolicionista. Candelario es producto de un proceso de modernización del país en el cual la literatura cumplía una función primordial en la construcción de los imaginarios patrióticos bajo el signo del progreso, el cual se concentró en la región andina, a la cual emigró tras sus letras en el páramo (Ortiz 2010). Inmerso en la tendencia romántica dominante en la poesía colombiana de la época, la obra de Obeso, representa la negritud como autor en medio de la blanquitud ilustrada.

Pero si tuviéramos que denotar una generación letrada afrocolombiana[2], es necesario remontarnos a la primera mitad del siglo XX, fundamentalmente a la década del cuarenta[3],  en lo que podríamos llamar una tradición literaria, poética y ensayística de negros y mulatos, iniciada por el poeta Cartagenero Jorge Artel (1909-1994) y continuada por una camada de escritores que cultivaron una literatura  racializada. En palabras de Prescott:

De acuerdo tal vez con una tradición netamente colombiana o con las propias costumbres y tendencias  de los grupos empíricos, la gran mayoría de autores de origen africano han entrado en la literatura a través del género poético. Candelario Obeso fue el primero que proyectó dentro de la poesía nacional una presencia afro-colombiana integra y orgullosa. Aunque aparecieron otros poetas negros en las décadas después de la desaparición del « negro Obeso » -e.g., el antioqueño Antonio José Cano, el caucano Cenón Fabio Villegas y el caldense Francisco Botero, entre otros- no fue hasta que el cartagenero Jorge Artel publicó su largamente esperado poemario Tambores en la noche (1940) que un escritor afro-colombiano se atrevió a enfrentar plenamente -sin vergüenza ni odio- con la situación histórica y la herencia cultural del África en Colombia (Prescott 555: 1999).

La generación del cuarenta constituye un capitulo seminal en la historia intelectual afrocolombiana del siglo XX. Sus obras reivindicaron su condición racial como vivencia subjetiva y estética, recrearon las memorias y condenaron las penurias del pasado esclavista y se constituyeron en voces letradas hasta la década del noventa del siglo XX, antes de la  promulgación de la Nueva Constitución colombiana y su enfoque multicultural.

Se trata de escritores que superaron la hegemonía del silencio de la raza que ocultaba la  dignidad de las culturas negras en Colombia. Provenientes de la educación, la medicina, las ciencias sociales, los estudios folclóricos y las artes, la generación del cuarenta, abrió los caminos de la lucha por la dignificación del afrocolombiano para disipar los linderos ideológicos de la nación mestiza y sus correlatos: el racismo, la exclusión y la invisibilidad. Sus letras (novelas, ensayos, poesía, artículos periodísticos) constituyen un archivo de la diáspora intelectual afrocolombiana[4], a través del cual es posible indagar concepciones y representaciones de la situación de la gente negra de la época. En ese sentido, es un evento que sugiero pensar como agencia política desde el ámbito letrado, una corriente de producción epistémica donde se cataliza una forma de militancia intelectual en pro de la dignificación del sujeto negro.

 

Ensayistas, escritores y poetas: narrativas letradas de una militancia racial

Desde las dos costas, como si se hubieran fundido las aguas de los dos océanos y los brazos ribereños de los dos mares se mezclaran en fantásticas historias, llegaron las letras cargadas de aliento marino y sonoridades de río con memoria africana, abriendo los caminos de la militancia letrada de la raza, un corpus de textos que expresan abierta y sistemáticamente la autoafirmación racial del escritor; al igual que sus representaciones de la memoria de la diáspora africana.

 

Poetas como el guapireño Helcías Martán Góngora (1920-1984), el chocoano Hugo Salazar Valdés (1926-1977), y el novelista loriqueño Manuel Zapata Olivella (1920-2004), su hermano Juan (1922-2008), los chocoanos Miguel Ángel Caicedo Mena (1919-1995), Teresa Martínez de Varela (1913-1998) y Arnoldo Palacios (1924-2015), nos permiten, no solo hablar de una generación de escritores,  sino de la configuración de una intelectualidad negra en Colombia que se convirtió en una clase ilustrada, cuyo eje de inspiración literaria fue escribir desde la piel[5] como una forma de confrontar a la nación invisibilizadora de la raíz negra.

Basta citar algunos casos de la profunda y variedad producción ensayística de estos escritores, para evidenciar como su lugar de enunciación racial se asumía como un compromiso político de militancia con la gente negra sin voz. Artel consideraba que “Para ser un poeta, un escritor o un artista negro, se necesita llevar dentro del alma, y saberles imprimir una elocuencia, todas aquellas “emociones ancestrales” “el juego de los dolores, de las esperanzas, de los sueños suscitados en un pueblo, que hacen su aparición condensados en determinados espíritus” (2008:56). Para Manuel Zapata Olivella el compromiso del intelectual negro estaba en la certeza de que “Nuestra más íntima convicción es que mientras más general y comprometido sea el campo de batalla del intelectual negro con su etnia, cultura y clase, tanto más cerca estará de la tradición de nuestros ancestros y de sus hermanos oprimidos” , escribía en (1984), mientras que Arnoldo Palacios rememoraba la abolición de la esclavitud, con plena conciencia que ese trágico pasado seguía afectando su propia subjetividad. “¿Qué representa, desde nuestros días, la abolición de la esclavitud. Es innegable que nosotros, los otros negros, continuamos viviendo sobre el peso de la esclavitud como lo demuestra mi propia experiencia” (2009:137)[6].

De otro lado, novelas como “Las estrellas son negras” (1949) de Arnoldo Palacios es el retrato complejo sobre la vida de los negros  en su propia tierra, por la que se puede comprender el crudo padecimiento cercado por todas las vicisitudes del infortunio que ha dejado el racismo en regiones como el Chocó, a través de la experiencia subjetiva de un niño que quiere escapar del trágico destino en su propia tierra, en la que se cuentan “los hechos externos del medio en que se mueven sus personajes, la sangre que les tiembla en la voz, las traiciones que ha vivido la raza de color que tiemble con sus necesidades” (2009:162). La primera novela de Miguel A. Caicedo Mena “La Palizada” (1952), recrea las vivencias de las memorias del racismo de los chocoanos en los tiempos de “apartheid local” en Quibdó, cuando la sociedad vivía la división de clase y raza. En “Chambacú corral de negros” (1962), Manuel Zapata Olivella, recoge el sentimiento del barrio de los negros descendientes de los antiguos esclavos que luchan en la Cartagena señorial y colonial por obtener los derechos negados por el estado “moderno”, en una ciudad racista que niega la memoria latente de la africanidad. Juan Zapata Olivella, para quien el problema del racismo constituía una de sus principales preocupaciones retrata en “Historia de un joven negro” (1983) la saga de un chico de Cartagena, por ser admitido en la Escuela Naval de Cadetes de esa ciudad, conocida por su negativa a recibir “gente de color”, denunciando así el racismo institucional en el puerto caribeño.

Por su parte, los poetas no escindieron la raza de sus expresiones estéticas como un nosotros identitario. “Hablé de la sinceridad de mis canciones, del mensaje de mi raza, de mí”, exponía Salazar Valdés en su autobiografía poética de 1958, del mismo modo que emergía de la voz de Martán para quien “Somos una sola unidad  religiosa, folclórica y racial, entre un cruzarse y fundirse de trienios metales” (2007: 32), refiriéndose a su “humano litoral”. Esta visión de un mestizaje de la trietnicidad como lo concibió Zapata Olivella, constituía un llamado a completar el rompecabezas ideológico de esa colombianidad que negaba su lado oscuro.

Se trata además de una poética que contiene diversos modos de manifestación y narración, entre los que se incluyen la poesía del retorno ancestral que vuelve al continente madre y al acontecimiento de la esclavitud; “Costa de los esclavos -tal vez mi tierra- ¡perdida en los submundos hiperbólicos del sueño! ¡Cómo serán tus tardes maravillosas, construidas con radiantes policromías, flotando, igual que islas sonámbulas, hacia las montaña de las Luna!…” (Artel 1979: 62-63), la poesía de la trashumancia diaspórica que refleja la dispersión cultural de la experiencia africana; “El nudo de tus pueblos aferrados a mi memoria en cruces de insistencia/Istmina destruido, entre los brazos de la pira tragándose su nombre/tu capital, Quibdó, como una olla vacía al meridiano de los músculos” (Hugo Salazar Valdés), la prosa de la oralitura en la que las cosmovisiones se actualizan como una moralidad de la vida, “En el negro santoral en Antonio y en José/ tienes puesta la esperanza, la caridad y la fe/Aoya e, mi San Jose, aoya e”  (Martán Góngora 2007: 49-50). Al igual que la narrativa intimista del racismo como experiencia emocional; las reinvenciones religiosas y culturales; y las metáforas del mestizaje con la presencia de lo negro, lo indio y lo europeo como un rasgo fundante de la identidad nacional[7].

Indudablemente, el lugar de estos escritores representa una voz estética con una posición política afirmada en la condición racial. Sus múltiples y diversos textos no solo  representan la voz de su tiempo; el grito letrado de una generación;  sino también la conciencia  de una raza sometida al olvido de su grandioso pasado y la discriminación de su presente. Sus posturas no trasegaron al margen de los dramas que padecieron con relación al tema de la discriminación, de ahí que sus voces y escrituras constituyen lo que Maglia (2010) ha llamado una resistencia letrada, refiriéndose a la poesía de Artel, que bien puede ser una condición general en la subjetividad de los escritores  afrocolombianos. Sin embargo, sus producciones literarias no se limitan a resistir con la palabra impresa, sino que recorren en sus pasos biográficos una persistente militancia en favor de las negredumbres, parafraseando a Velásquez[8], por lo que su posición de sujeto y su posición intelectual no estuvieron disociadas.

Los trazos ensayísticos, narrativos y poéticos, reivindicaron la conciencia racial, más allá de tecnicismos teóricos o enfoques rígidos. Precisamente, su alusión a las cuestiones raciales puede ser entendida como actos de militancia intelectual, para quienes la escritura representó una forma de nombrar las experiencias propias y las de sus “hermanos”, la de su gente de uno,  tal como reflejó en sus obras el escritor chocoano Miguel A. Caicedo Mena.

Los escritores de la generación del cuarenta crearon un género literario no reconocido en los cánones de la época, ni de la actualidad, la narrativa de la autoafirmación racial y las narrativas contra el racismo. Sus obras delinean un campo vasto y complejo donde la identidad  racial se revitalizó positivamente. Como lo sugirió René Depestre (1995) para los escritores antillanos, se trata de una literatura de la identificación, que tiene como fin buscar la identidad de lugar y herencia de africana en el Caribe, en el sentido que sus producciones constituyen también una representación de sus propias biografías. Un fenómeno similar, es lo que para el caso Dominicano, Stinchcomb (2009) denomina “negritud literaria”, entendido como un proceso creativo del escritor negro frente a la representación estereotipada producida por la corriente literaria del negrismo.

Sus obras nos ofrecen una constelación de narrativas de la diáspora afrocolombiana, con lo cual podemos reconocer la condición diversa, dispersa y heterogénea de la experiencia africana en Colombia. Por esta razón, se trata de una literatura  que contiene muchos lenguajes y estéticas que recreen las negritudes con sus troncos comunes y sus diferenciaciones, que es irreductible a un solo plano metafórico. Este rasgo resulta de la capacidad de los escritores para hablar en primera persona, desde su experiencia subjetiva como “negros”, “mulatos”, y por ello lograron en el campo literario plasmar de forma extraordinaria un pensamiento afrocolombiano y una historia de la negritud en Colombia, pues en sus letras y su prosa ha quedado consignada en la voz, la emocionalidad y la esencialidad de la humanidad negra como una condición ligada a la palabra como su mayor posibilidad de dignificación.

Las páginas de este capítulo literario seguramente no logran incluir todos los nombres de quienes hicieron parte de esta tradición intelectual en Colombia, sobre todo por las decisiones epistémicas que me han orientado y por la cuales he privilegiado a los escritores que hicieron de su experiencia personal su razón de escritura, acción política y producción, así como por la capacidad de trascendencia que lograron sus trabajos en términos de divulgación y difusión. Bajo esta perspectiva muy posiblemente quedan por fuera muchos escritores que bien merecerían reconocimiento en este trabajo, no obstante también se debe en parte al problema concreto de acceso a las fuentes, pues las condiciones de publicación  en este tiempo están determinadas por los pormenores de la empresa editorial en general (tendencias y gustos de los propietarios, intereses en el tema, disponibilidad de recursos)[9]. Al respecto Prescott (1996) señala que en el caso de algunos de los escritores sobresalientes, fueron muchas las dificultades que incluso ellos tuvieron para lograr la publicación de sus escritos:

Vale la pena anotar que las primeras obras de varios autores afro-colombianos aparecidos a partir de la década de los cuarenta —Manuel Zapata Olivella, Arnoldo Palacios, Miguel A. Caicedo M., Carlos Arturo Truque, Hugo Salazar Valdés, Eugenio Darío y Rogerio Velásquez, por ejemplo— fueron impresas en la Editorial Iqueima, cuyo dueño era el exiliado español Clemente Airó. Fallecido en 1975, Airó fue un verdadero promotor de la cultura colombiana por medio de su editorial, su revista Espiral y los concursos literarios del mismo nombre que patrocinó. Presentados en varios géneros, los premios Espiral incluyeron una pulcra edición de la obra ganadora e indudablemente le ganaron al autor mucha atención pública (Prescott 1996:113).

Esta generación de intelectuales militantes vislumbra su enorme capacidad  como escritores “negros” para narrar y apalabrar la resonancia de los acallados, de los sin nombre, de esa inagotable fuente que es la memoria de la afrocolombianidad con sus marcas de ríos, selvas, montañas y mares y con las herencias emocionales y vivenciales de todos los siglos de travesías diaspóricas.

Conclusiones

Es indudable que hoy podemos reconocer la presencia histórica de una “tradición” intelectual de la diáspora afrocolombiana que desde finales del siglo XIX y a lo largo del siglo XX, supo producir una memoria escrita como voces públicas desde la condición racial y su memoria histórica de la esclavización y su “confrontación” con el imaginario mestizo de la identidad nacional. Sin embargo, es necesario resaltar las condiciones generales de esta camada tan variada de escritores, pues soy consciente de los riesgos de interpretación que se corren al juntar figuras disímiles en la misma definición.

En primer lugar quiero reconocer que este movimiento de ideas que he denominado la militancia letrada de la raza,  constituye una agencia política dispersa pero prolongada en el tiempo, que desde posiciones intelectuales de sujeto “negro” hizo posible articular las narrativas locales y nacionales sin escindir su identificación racial con sus posturas políticas e intelectuales. A través de esa “doble conciencia” racial e ilustrada, en un ambiente que aprecia las letras pero castiga la raza, ellos fungieron escritores a pesar de sus diferencias de tiempo y espacio.

En segundo lugar, insisto en que se trata de un movimiento intelectual, no en el sentido clásico del concepto sociológico o de la ciencia política, pero si en términos de la acepción de la diáspora, como proceso de adaptación en la dispersión geográfica y temporal, articulado por una preocupación transhistórica como es la defensa de la raza en sus múltiples concepciones y desde distintos lugares ideológicos. Pero esta característica no se trata de un círculo elitista de escritores; por el contario, lo que resalta es su expresión polivalente, dispersa y diversa a su interior que recayó en la individualidad de cada  personalidad más que en la idea de un grupo de cueva o de un movimiento de boom. Esto no significa que no estuvieron conectados por medio de comunicaciones epistolares, eventos, encuentros, espacios organizativos, reconocimientos públicos mutuos.

En tercer lugar, aunque su militancia intelectual no se redujo solo al asunto racial, tampoco se puede escindir esta condición de sus actuaciones epistémicas y de sus acciones prácticas, pues se trata de  sujetos que hicieron públicas sus ideas sobre la raza a través de partidos políticos tradicionales, en cargos públicos, como agentes culturales, investigadores, diplomáticos y como líderes de organizaciones, aun con sus errores y aciertos y de acuerdo a las condiciones históricas de sus actuaciones, dado que en la primera mitad del siglo XX algunos de los escritores afrocolombianos más destacados estuvieron influenciados por las corrientes literarias de corte racial y cultural del movimiento afroamericano Harlem Renaissance (Flores 2015).

Por último, en su condición de escritores, ensayistas, novelistas y poetas, es necesario destacar que cada uno de ellos fue una cosa y todo al mismo tiempo, dado que en sus vidas la mayoría de ellos incursionaron con mayor rigor y sistematicidad en los tres géneros,  lo que me interesa resaltar es su posición de sujetos racializados en sus letras, pues la gran mayoría articularon la reflexión con la acción política.

Finalizo este texto preguntándome que tanto de los idearios que nos dejaron los intelectuales negros y afrocolombianos nos sirven hoy para repensar el proceso organizativo, tan fracturado en su interior por distintas causas, toda vez que muchos de sus denuncias enarboladas hace más de medio siglo, siguen siendo a mi modo de ver, un proyecto profundamente necesario para enfrentar los problemas que aun, con cantos y banderas multiculturales no hemos logrado resolver. ¿Qué sentido tiene la realización de tantos estudios sobre el negro, su cultura y su historia, si en las escuelas y universidades aún siguen ausentes de sus planes de estudio? como lo exigía en el cierre del congreso de la Américas de 1977 Manuel Zapata Olivella. ¿Hemos superado el racismo institucional y cotidiano? tan presente en las novelas de Palacios y Juan Zapata.

¿Qué tanto de estos viejos idearios de esta primera generación negra militante nos sirven para reencausar los sueños políticos?  Hace algún tiempo hablando con uno de los líderes del proceso organizativo de los años noventa, él me decía que cuando se conquistó la ley 70 en Colombia, la mayoría tenían como horizonte común el territorio, y eso hizo que las diferencias y contradicciones comunes en cualquier proceso social convergieran. ¿Cuál es la agenda común entre los afrocolombianos y afrocolombianas del siglo XXI? ¿Cuáles deben ser nuestras exigencias comunes en la “nueva” Colombia del posconflicto? Quizás y  a lo mejor, recabar en la memoria intelectual nos ofrezca algunas luces para hacer justicia epistémica y revisar algunos de los planteamientos que hace décadas nos dejaron los intelectuales de la diáspora afrocolombiana y articular las viejas demandas, aún vigentes, con los nuevas problemáticas generadas por el conflicto armado en el que muchos y muchas afrocolombianas han sido víctimas de primer orden.

 

Bibliografía

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[1] A lo largo del periodo colonial el rio Magdalena fue la arteria fluvial que conectó económicamente y culturalmente la región Andina, el mar caribe y los centros europeos. En este arduo trabajo de navegación lo realizaban hombres negros, zambos y mulatos llamados bogas, quienes transportaban personas, productos y objetos con sus manos en pequeñas chalupas, creando una cultura popular en esta región. Fue en esta región, en la villa de Mompox donde nació Candela Obeso.

[2] De acuerdo con Flores (2015) la noción de afrocolombiano fue asumida en 1947 por un grupo de estudiantes que fundaron el centro de Estudios Afrocolombianos como autoidentificación racial y pertenencia a una raza, por lo que es posible desde esa época asumir esta identificación. En ese mismo sentido, aquí me referiré a escritores afrocolombianos.

[3] Me refiero a generación en el sentido de  un grupo de más de diez escritores, nacido la mayoría a comienzos del siglo XX, cuyas obras empiezan a ver la luz en la década del cuarenta.

[4] Un análisis más detallado de las biografías y obras de los autores  como intelectuales diaspóricos lo desarrollo en mi libro “A mano alzada. Memoria escrita de la diáspora intelectual afrocolombiana” (2013), donde asumo para este caso la “condición letrada”, es decir, los que han dejado una memoria escrita, con la plena consciencia de que este rasgo limita otros ámbitos de la “intelectualidad afrocolombiana” Otras perspectivas de este fenómeno del campo intelectual afrocolombiano son los trabajos de Arboleda Santiago, Le han florecido nuevas estrellas al cielo: suficiencias íntimas y clandestinización del pensamiento afrocolombiano (2010), Valderrama Carlos,  Black politics of folklore expanding the sites and forms of politics in Colombia, (2013) y García Jorge, Por fuera de la casa del amo. Insumisión epistémica o cimarronismo intelectual en el pensamiento educativo afrocolombiano (2016).

[5] Escribir desde la piel significa la forma como resalto su condición de intelectuales de la diáspora afrocolombiana, aspecto que en el que está centrado mi trabajo, lo que no implica limitar las trayectorias biográficas y sus posiciones intelectuales solo al asunto de la raza, pues indudablemente los escritores pensaron también el asunto de la nación, el mestizaje, la violencia política, entre otros ámbitos. Más allá de esto, hoy empiezan a ser valorados por sus aportes como intelectuales y escritores afrocolombianos.

[6] Parte de la ensayística de Artel, Zapata y Palacios  han sido compiladas en los trabajos de Suescún Álvaro, De la vida que pasa. Escritos periodísticos de Jorge Artel  (2008), Múnera Alfonso, Por los senderos de sus ancestros (2010) y Castillo Granada Álvaro, Cuando yo empezaba (2009), respectivamente.

[7] Particularmente, sin reducir sus obras a esta perspectiva, sobresalen los trabajos de Artel, los Zapata Olivella, Martán Góngora y Sevillano, en los cuales se aborda esta inspiración poética y literaria del  mestizaje, como exaltación de las diferencias raciales, en oposición a la ideología de la nación mestiza cuyo discurso y práctica excluyó todo rastro de africanía en la definición de la identidad nacional.

[8] El primer etnólogo afrocolombiano profesional del Pacífico, pionero de los estudios etnográficos sobre poblaciones negras de esa región colombiana. Negredumbre  fue un recurso metonímico con el cual denominaba al conjunto de la población negra de esta región, según me lo indicó el  escritor Alfredo Vanín Romero. Conversación personal. 19 de mayo de 2015.

[9] Un caso específico es el de las poetas afrocolombianas, quienes han venido produciendo desde antes del 2000, no obstante sus trabajos solo empiezan a ser publicados después de esa fecha. La única escritora relativamente reconocida antes de la etapa multicultural del país fue Teresa Martínez de Varela, una de las autoras de los varios libros sobre la memoria de Manuel Saturio Valencia, líder chocoano, ultimo fusilado en Colombia en 1907. En los últimos diez años han aparecido varias antologías sobre las poetas afrocolombianas, entre las que se destacan Mary Grueso Romero, Elcina Valencia, Lucrecia Panchano y María Teresa Ramírez. Ver: Cuesta Escobar Guiomar y Ocampo Zamorano (Compiladores), Negras Somos. Antología de 21 Mujeres Poetas Afrocolombianas de la Región Pacifica (2008), Jaramillo María Mercedes y Ortiz Lucia (editoras) Hijas del Muntú. Biografías críticas de mujeres afrodescendientes en América Latina (2008)  y Biblioteca de Literatura Afrocolombiana. Tomo XVI “Antología de poetas Afrocolombianas” editada por el Ministerio de Cultura (2010). Un análisis sobre la representación de las escritoras afrocolombianas en esta primera antología se encuentra en  Santos (2013).

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